"El baile de los 41" de David Pablos
- Carlos Andrés Mendiola
- 22 nov 2020
- 2 Min. de lectura
"Yo sólo cuento 41" dice Porfirio Díaz cuando lee la lista que contenía los 42 nombres de los hombres que fueron capturados en una redada a una fiesta donde se divertían entre ellos. El que restó era Ignacio de la Torre y Mier, esposo de su hija mayor, Amada.
"El baile de los 41" recrea uno de los momentos más escandalosos de su época; da cuenta de cómo era vista la homosexualidad, cómo ha cambiado su percepción y el camino que aún queda por recorrer. La película está bien hecha. La dirección de arte, el vestuario y las locaciones que incluyen la Casa Rivas Mercado, el bar la ópera y el Munal, aunados a una fotografía que convierte más de un momento en una pintura, son impecables.
David Pablos, cuyo filme anterior, "Las elegidas", dejó en claro su talento, hace una buena labor para marcar el ritmo y hacer del relato, a su manera, un baile que combina el drama, con lo histórico, lo biográfico e incluso el thriller. La historia comienza con la boda de Ignacio (Alfonso Herrera) y Amada (Mabel Cadena), concentrándose en su relación condenada al fracaso, dónde ella lo desea y él la rechaza, dónde las apariencias pesan más, pero la tormenta no cesa. Evaristo Rivas (Emiliano Zurita es su papel más relevante a la fecha), un joven que asiste en una oficina de gobierno se convierte en el tercero. La otra vida de Ignacio quedará por completo al descubierto con el baile anual.
"El baile de los 41" funciona, aunque no es perfecta. El guion tiene más de un hueco (por ejemplo, nunca queda claro cómo es que Ignacio escapa a los acompañantes que su suegro le había impuesto y termina en la fiesta), cae en algún que otro momento melodramático y en diálogos, afortunadamente pocos, que recuerdan a las telenovelas; se salva gracias al talento de sus actores y la labor de Pablos. La cámara baila, retrata y habla donde los silencios expresan.
De el baile de los 41 aún se escucha, pero hay acordes que se han borrado. El filme es bastante apegado a los hechos, pero más allá de ello es un documento que vale no sólo por lo que recuerda, sino por lo que rescata, lo que refleja y porque constata que el baile siempre es necesario y (afortunadamente) debe continuar y (mejor aún) ya no en silencio.
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